20 mar 2009

¿Por qué no podemos pensar la derrota?

“...la comprensión de los movimientos guerrilleros de los años 70, como acto de memoria, no se puede alcanzar en un momento ni con una sola mirada”
(Pilar Calveiro, en Política y/o Violencia)


“(Prometeo hasta el cuello) trata de una organización donde la deslealtad hacia roscas de poder interno, se pagan con la muerte. Esa es la práctica de una organización mafiosa”
(Gonzalo Cháves, “Sábato hasta el cuello”)

1.

Hace un tiempo, en Cuba hicieron un documental sobre los problemas de la vivienda. Allá no hay miles sin techo, como acá, pero igual hay problemas. El video que los muestra empieza con una inscripción que dice algo así como “este material no podrá ser utilizado con fines contrarrevolucionarios” y, la verdad, a mí me sonó gracioso ese insert de texto aclaratorio.

Quizá sea producto del miedo. ¿Miedo a qué? A que señalar lo que se hizo mal -o lo que falta- derrumbe a la revolución, sus valores, su histórica gesta.

Más de una vez sentí que existe ese miedo a la crítica en algunos ámbitos militantes. Allá y acá también. Cuando hablamos de los setenta, por ejemplo. Como si criticar aspectos de la militancia de entonces fuera defender los crímenes de la Triple A o los de las Tres Armas.

Con aquella lógica, Prometeo hasta el cuello -o cualquier obra por el estilo- debiera estar subtitulada. Algo así como “esto no quita que la dictadura desapareció 30.000 compañeros”, y más: “esta obra no niega que, en los setenta, buena parte de una generación pensaba en hacer una revolución”.

2.

Aunque surgió antes, el relato de los Dos Demonios quedó plasmado en el prólogo que Ernesto Sábato escribió al informe Nunca Más: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda ...”.

Un delirio histórico. Primero, porque guerrilla no es sinónimo de terrorismo. Segundo, porque hay una igualación de lo inigualable.

En Argentina hubo una dictadura que vino a implantar un modelo económico-social. Su plan criminal apuntó a la guerrilla tanto como a la organización social en sindicatos, comisiones obreras, centros de estudiantes. Desapareció miles y metió miedo en toda la sociedad. De excusa, claro, usaron la represión a la guerrilla: la lucha contra la subversión. Y algo de eso siguió vigente en la “historia oficial” de la posdictadura, en los Dos Demonios. Para salirse de ahí y poder juzgar a los milicos se construyó otro relato falaz: el de las hiper-víctimas –todos estaban en una agenda, los agarraron en calzones, cuanto mucho eran pibes que tenían “sueños”. Nadie podía hablar de militancia.

3.

Desde mediados de los noventa para acá nos vamos animando a hablar del tema. Pero hay tabúes. Y cuando alguien mete el dedo en la llaga, otra vez: parece que criticar a aquel activismo fuera defender a la dictadura.

No hablo de cuestionarlo en los términos del Nunca Más. Ahí no había crítica: había negación de la militancia, lisa y llana.

Hablo, en cambio, de quienes asumimos que hubo un fascinante proceso de radicalización política, inspirado por ejemplos propios y ajenos, y alentado por la ilegitimidad que todos los gobiernos tuvieron desde 1955. Todo se movía. La revolución parecía a la vuelta de la esquina. ¡Cómo no vamos a admirar los setenta!

Pero acá estamos, después de la derrota. Pasaron más de tres décadas. Humildemente, a mi me parece necesario pensar esa derrota. Y hacerlo más allá del plan criminal sistemático, de las torturas de la escuela francesa, del financiamiento norteamericano. Me parece necesario, quiero decir, pensar cuánto se aportó a la derrota desde el que era –no hay dudas- el lado de los buenos.

No es querer destruir o desacreditar. Al contrario, se trata construir nuevos cimientos para la esperanza, aún más sólidos. Doy un ejemplo burdo: no me interesa pensar en qué se equivocó Menem, cómo podría haber robado más o desmantelado mejor el Estado. Sí, en cambio, me interesa aprender de los errores de quienes quisieron hacer una revolución; de quienes –aún en un país que, en términos de inclusión social, era mucho más vivible que éste- postulaban la construcción de algún tipo de socialismo.

4.

Quisiera ver Prometeo hasta el cuello otra vez y creo que me faltan horas para pensarla. Me gustaría incluso tener el guión en mano. Coincido con Gonzalo en que el texto es predominante. En el resto, disiento. Discrepo cuando dice que “la crítica hacia los setenta, no aporta nada nuevo, está cargada de lugares comunes, repite la versión de la ´historia oficial´ sobre el pasado reciente”. Y sobre todo, cuando equipara el relato de Prometeo... con el Nunca Más.

Vayamos a una cita: “La derrota de Montoneros (...) no se debió a un exceso de lo político sino a su carencia. Lo militar y lo organizativo asfixiaron la comprensión y la práctica políticas, tirando por la borda buena parte del trabajo previo”.

La frase no proviene de la interesante obra –escrita, dirigida y actuada por gente bastante joven- que se está presentando en el Galpón de Encomiendas y Equipajes, y que deja buenas metáforas para pensar la inundación y el irse a pique que siguió a la primavera. La escribió Pilar Calveiro.

Calveiro fue militante montonera y padeció la ESMA. Nadie diría que reproduce la historia oficial de los dos demonios. Quizás, entonces, lo que debatimos es quién tiene derecho a la palabra.

Permiso.

5.

No milité en los 70, claro está. Nací después de Malvinas y sin embargo quiero pensar la derrota. ¿Puedo?

No, no lo viví. Tampoco viví la revolución francesa y podemos discutirla mano a mano. Esto puede parecer distinto, pero no lo es.

Dejemos de guardar estas discusiones a voces autorizadas que se reúnen en la intimidad y que sólo admiten algunos interlocutores. Lejos estamos de ser agentes del Nunca Más. Queremos pensar la derrota porque soñamos con ideales emancipatorios similares a los que quedaron sepultados, y no quisiéramos que la historia sea una repetición cíclica de campos de tortura o cadáveres gremiales, clausuras de la política y sociedades de fomento aliadas al poder asesino.

La militancia revolucionaria de los sesenta y los setenta, fue una empresa titánica, vertiginosa, ansiosa, apasionante y desbordante. Debiera llevarnos años pensarla, y van a ser siglos si pensamos que cada crítica tiene la voz del opresor. Quizá ya sea tiempo de hablar de todo. No sea cosa que la siguiente inundación nos encuentre sin salvavidas, otra vez.

6.

Para quien vivió lo setenta, y vivió los ochenta en los que no se podía contar la militancia de los setenta, y en los noventa dijo que no había contado todo en los ochenta pero sólo contó un poquito más (pero no los ajusticiamientos, los chumbos, la disposición a matar y morir...), la obra puede ser repugnante.

Quizá le falte el subtítulo aclaratorio, una placa inicial que diga: “esta no es la historia completa de los setenta”. Está claro que no lo es. Pero sí es parte de esa historia en la que hombres y mujeres jugaron frío sus palabras.

“Nos hacen quedar como una mafia”, dijeron después del estreno. Pero Prometeo hasta el cuello no tiene la música del Padrino. Ningún personaje es don Corleone. No hay una mafia. Hay disputa de poder. Hay miserias en esa disputa de poder. Hay una brújula perdida. Y hay situaciones límite. De esas en donde las categorías típicas no sirven.

Quiero decir: no se trata de una historia de héroes y villanos. “El culto a los héroes, propio del discurso del poder, es el mayor contrabando ideológico metido en los movimientos emancipatorios”, advirtió hace un tiempo Luis Mattini (ex dirigente del PRT-ERP), en un texto titulado La Ordalía en el Siglo XXI. Abandonada hacia el siglo XII, la ordalía era un modo de enjuiciar que consistía en someter a una persona a pruebas físicas: si sobrevivía, se consideraba “inocente porque Dios habría dispuesto formas para que el cuerpo resistiera las quemaduras y el mal que fuere”. Mattini considera que esa práctica se reeditó en la militancia revolucionaria al exigir a un secuestrado que resista “la tortura como prueba de su fortaleza, lealtad a la causa, valentía y sinceridad de sus actos”.

7.

Entre Montoneros, es paradigmático el caso de Roberto Quieto, secuestrado en diciembre de 1975. Mario Firmenich contó tiempo atrás (en una entrevista con el historiador mediático Felipe Pigna) que “Quieto fue sometido a las peores torturas que uno se pueda imaginar (...) Fue un impacto político y emocional muy fuerte para nuestra fuerza (...) Se suponía que los militantes revolucionarios tenían que aproximarse o ser casi ese hombre nuevo. De modo que la evidencia de un quiebre en la tortura de un cuadro de la jerarquía de Quieto ponía en crisis estos conceptos. ¡Cómo era posible que aquél que tenía que ser el hombre nuevo pudiera cantar en la tortura! Éste fue el problema”. Para afrontarlo, enjuiciaron y condenaron a Quieto, pese a que estaba desaparecido: “Era un juicio que en definitiva implicaba establecer jurisprudencia para la conducta ante la represión que se avecinaba (...) Tenía la intención de decir no admitimos la delación, no nos parece razonable que alguien delate, aunque las torturas puedan ser muy tremendas. Porque la delación es el verdadero óxido que destruye una organización clandestina”.

Hace un par de años, cuando se venía el juicio a Von Wernich, escribí con Lucas Miguel un artículo sobre los quebrados y hablamos mucho sobre estos temas. Hablamos con quienes pudimos, porque varios ex militantes, aún cuando acudimos a quienes se habían caracterizado por sus intervenciones lúcidas y críticas, eludieron la charla. La cancha estaba embarrada. Nosotros nos sabíamos incapaces de establecer juicios éticos contundentes e impiadosos, pero teníamos claro que había que masticar el tema, y que no era posible analizar la historia en clave de héroes y traidores.

8.

La historia que ocurre al interior de un departamento donde una organización clandestina guarda sus militantes es tan parcial como la sola historia del interior de un campo de concentración, o de una escuela, o de una sociedad de fomento. Todos esos relatos son partes de la historia. Todos forman el rompecabezas.

No niego que la militancia era feliz y apasionada, que la lucha tuvo momentos hermosos, que 1973 fue una verdadera primavera. Me entusiasma leer relatos de esa historia y me emociona escucharlos de sus protagonistas. Pero no jodamos, no los usemos de alfombra: en Montoneros escaseaba la participación de las bases en las decisiones; se castigaba el desacuerdo; había un código militar interno implacable; la organización –sobre todo desde 1974- tuvo un centralismo abrumador, y la conducción jamás reconoció un error. Llegado un momento, todo se redujo a una lógica amigo/enemigo, según la cual lo que no era propio (revolucionario) era considerado contrarrevolucionario: “Se promovió desde la conducción el fusilamiento de militantes que fueran o se supusieran traidores, se insubordinaran, conspiraran, hicieran defraudaciones, abusaran de su autoridad, encubrieran el incumplimiento de sanciones jerárquicas o bien que pretendieran abandonar la organización. Uno de los ejemplos más patéticos de esta modalidad fue el fusilamiento de Ignacio Orueta, ejecutado «por las dudas», ya que no había certeza de la acusación que se le había levantado (...) Con respecto al abandono de la organización, se estableció la pena de fusilamiento para quienes lo hicieran sin la autorización del ámbito superior, que nunca se obtenía. En este marco, los montoneros que intentaban separarse de la militancia o dejar el país debieron huir al mismo tiempo de las Fuerzas Armadas y de sus, hasta entonces, jefes”. La cita es, otra vez, de Pilar Calveiro. La autora de Política y/o violencia no suscribe al Nunca Más: “Sería absolutamente injusto –aclara- decir que la guerrilla fue la otra cara de la moneda del poder militar, desaparecedor y concentratorio. Montoneros y ERP representaron intentos reales de resistencia y rebelión contra un poder autoritario (...) Se enfrentaron contra ese poder y muchas veces dispararon certeramente desenmascarando la violencia que subyace en su núcleo. Si no lo hubieran hecho no se hubieran convertido en el blanco preferido de la represión (...) Se atrevieron a desafiar el poder con la violencia y en ello residió parte de su potencia, pero también su mayor línea de impotencia (...) quedaron atrapados allí, hipnotizados de alguna manera por sus propios fuegos artificiales”.

9.

Más que “Sábato hasta el cuello”, uno podría decir entonces que la obra reedita algo de Calveiro: la idea que “el desastre político y militar” de la guerrilla “fue fruto de una organización atrapada en las concepciones y prácticas militarizadas, burocráticas, pragmáticas y autoritarias que (...) de manera creciente, le escamotearon el más elemental sentido de realidad”.

Se puede discrepar y debatir con esa idea, pero hay algo indiscutible: no representa la permanencia estática de un discurso que construyó el poder en los ´80, sino un ejercicio de caminar hacia delante. Con palabras utilizadas en la obra: no es la memoria fetiche sino la memoria en movimiento. Una memoria “rebelde, corcoveante, difícil de domar”, como escriben las autoras de Ese infierno. Una pieza más que estaba perdida por ahí.

Más que de Sábato, si se quiere, la obra tiene algo de Borges (y evitemos la descalificación fácil: todos sabemos que Borges, igual que Sábato, apoyó a los dictadores), de su Tema del traidor y del héroe, un cuento que tensiona a la traición hasta convertirla en una categoría imposible.

No hay héroe ni traidor: esa es la provocación de Prometeo hasta el cuello, mientras muchas historias políticas se cansaron de repetir la dicotomía amigo/enemigo y la figura del traidor para explicar las derrotas.

10.

De aquel artículo doliente que con Lucas quisimos titular Los quebrados me quedaron grabadas palabras del Toto Schumcler, siempre provocativo: “Afortunadamente esos son los límites de lo humano. No quiero decir que esté bien la tortura, sino que afortunadamente no somos autómatas. A veces organizaciones revolucionarias perdieron la noción de que somos seres humanos. Eso lleva a estas abstracciones como las categorías de héroes y traidores, que no responden a la realidad. Eso es no considerar para quiénes estamos actuando, pensando, luchando. No estamos trabajando para un orden metafísico externo a los humanos: al contrario, queremos que los seres humanos sean cada vez más humanos. Por eso peleamos y a veces hasta se da la vida. Pero ser más humano quiere decir ser más libre, sentir más profundamente el dolor, la conmiseración...”.

Me gustó Prometeo hasta el cuello, aunque quisiera verla otra vez, pensarla más. Ante todo, me complace porque creo que la historia reciente debe ser contada desde muchos lenguajes y se escribe con muchos géneros: hay aventura y hay terror, hay épica y hay tragedia. Esas diversas voces son distintas piezas para el rompecabezas, y no una eterna reedición de Sábato. Son, como bien dice Gonzalo, cosas que no se pudieron decir antes. En eso coincidimos: hemos empezado a hablar con más soltura, a escucharnos, y el debate empieza a abrirse.

Que así sea: sin límites, sin unas pocas voces autorizadas y, sobre todo, sin necesidad de subtítulos. Un abrazo.

2 comentarios:

  1. Coincido en todo salvo en una cosa: No estoy de acuerdo que el texto sea el recurso principal. Estás los coros, las sillas, el agua, la caja, la luz tenue, la música de fondo.

    Los coros son las frases hechas, pero también la duda. Tienen esa ambivalencia. Hay que escucharlos otra vez. Allí se cuela Esquilo.

    Las sillas: que se van corriendo de lugar, nadie està comodo con el lugar que ocupa. Se sientan y se levantan. Prueban en otra silla, la corren, se la sacan.

    El agua: la tempestad, la amenaza de la asfixia. Ya no son un pez en el agua. La realidad se contracturó, o se les transformó en una pecera!!! El agua que salpica, que atraganta la voz, que modifica los cuerpos. Patinan, se resbalan, chapotean.

    La caja: ya hablé bastante de esto en mi ensayo sobre la obra. Encajados, además de empantanados.

    La luz tenue: que prácticamente no deja ver los rostros, que los desfigura, con el agua, que los vuele borroso, todo es borroso.

    La música de fondo: no está la marchita sino apenas unos acordes sueltos. ¡Los últimos acordes de una pieza, fragmentados!

    Entiendo que el texto es muy fuerte, pero gana con todos estos pequeños detalles.

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  2. Aún no la vi y ya me ando corriendo de silla, como -parece- hacen quienes la interpretan. Es que al leer los tres artículos en torno a este gran tema no puedo hacer más que pedirles que este debate interblogs o intrablog, se pueda publicar, resumido o como sea, en algún medio impreso. La Pulseada se me ocurre pero puede ser otro... Digo, para seguir abriendo. pd: recuerdo que tras ver una película "La vida de los Otros", al salir del cine se planteó una discusión que me recordó -con todas sus diferencias- a esta.

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